Pequeños recuerdos

           Pasamos página pero dejamos doblada la esquina.

              Nacimos en la cama de nuestros padres, rodeados de las caritas de sorpresa de nuestros hermanos, que no sabían porque ni de qué manera había aparecido algo tan pequeño y llorón que decían era nuestro hermanito. Nos envolvieron con mantillas y refajos, aprendimos a caminar a trompicones en el empedrado del patio, con la mirada atareada de nuestras madres, observando la lumbre a través de unos ojos curiosos.

              Crecimos pisando charcos, comiendo trozos de hielo en el Tejar o pescando renacuajos cuando llegaba la primavera. Observábamos a las hormigas, a los sapos malditos, convivíamos con las gallinas, nos asustaba la altivez de los gallos y amábamos a los gatos, corríamos tras un perro y jugábamos a coger madrillas en el río.

            Recorriendo huertos aprendimos los límites del pueblo, las mejores cerezas, los melocotones más dulces, cada variedad de manzanas de nuestros huertos y quién era más rápido si aparecía el dueño.  Conocíamos dónde había una acequia, un pozo para nadar, una cueva escondida entre la maleza, el atajo adecuado y las eras más lejanas . Subíamos a los morales sin importar el peligro, ni cardos ni ortigas  suponían ninguna dificultad a la hora de recoger moras de zarza en septiembre.

                Hacíamos los deberes de la escuela, mientras la abuela echaba brasas a la plancha de hierro y el abuelo fumaba en el banco cerca de la lumbre. Salíamos a la calle, los vecinos, sus casas, formábamos parte de un todo en unos pocos kilómetros. No había padre que en su celebración se quedase sin su rosario de garbanzos, su cenicero hecho de pinzas de tender, o madre que no tuviese su collar de escalambrujos, o de macarrones de colores, o un precioso cuadro trenzado con hilos o lana reciclada.

            El río era un lugar de juegos, de chapoteos y de alegrías, el tiempo era como una goma de saltar que se estiraba. Llegaban las tardes de pesca, los reteles al hombro, la merienda, los sobresaltos con las culebras y aquel bronceado de rial que aceitunaba la piel. Nuestro reino se desplegaba en los carrizos de la balsa, en las eras y sus cubiertos, donde no faltaba una camada de gatos a los que llevar las sisas de nuestro desayuno.

              Chillaban los gorriones en los olmos de la plaza, volaban de aquí para allá las golondrinas, de alero en alero, mientras se oían nuestros gritos en la plaza jugando al marro, al pagatodas, al escondite o a la comba. De la escuela recuerdo las escaleras, lo poco que costaba bajarlas y subirlas, de la edad medida por el número de escalones que podías saltar a un tiempo, los coscorrones, la eterna estufa que se resistía a ser encendida, los tinteros, la leche en polvo, las minas de colores, las escobillas y los nuditos en el pelo.

             Estaban las acacias en flor de la plaza, llenaban nuestra boca con su sabor dulzón y más de una vez pensamos que si plantasen muchas, los chinitos comerían y no se haría necesario llevar las huchas y pedir para acabar con el hambre. Las tormentas eran ruidosas, los rayos sobrecogedores, asustaban tanto que nos acurrucábamos a esperar su final, en el rincón más escondido de la casa. La calle inundada por el agua de la tormenta, bajaba el chorrillo que parecía un auténtico río, nosotros empeñados en hacerlo parar con nuestros diques.

               Las calles bullían, mulas cargadas con talegas de grano, con serones llevando su carga, con angarillas que dejaban caer la paja por los costados; y mientras, las mujeres sentadas en sillas bajas apañaban los pedugos, cogían los puntos a las medias o remendaban la ropa y echaban medias mangas a los jerséis.  Las más jóvenes preparaban con ilusión y esmero su ajuar, sábanas bordadas con primor, variedad de vainicas, dobleces y puntos de cruz, mantelerías con filigranas o dibujitos de pájaros, con sus iniciales estampadas.

              Allá el vecino echaba un “culo” a la silla con aneas, otro afilaba la dalla en la puerta de su casa, aquel tejiendo cestas de mimbres o reparando los pertrechos de la mula, cosiendo sacos o quizás algún retel.

               Al atardecer llegaban las cabras, las encontrábamos en el frontón lamiendo las piedras, era la hora convenida para el regreso a casa.

           Recuerdos que van desde un diente que se movía y que con un pequeño empujón de un dedo adulto terminaba cayéndose, un caramelo muy duro que semejaba un huevo y que nos entretenía un buen rato, golpeándolo contra el suelo para trocearlo y poderlo degustar.

            Las sardinas “rancias” (arenques) eran envueltas en papel de periódico y se limpiaban apretándolas entre la puerta y su marco, para luego descamarlas con facilidad. A veces también servía de eficaz cascanueces.

              El alboroto en casa se tornaba quietud cuando el padre o el abuelo encendía aquella radio enorme de teclas y botones y sintonizaba una de las pocas emisoras, entonces se oía la palabra mágica del padre de familia diciendo: “A callar, que empieza el parte” y escuchábamos con deferencia lo que el locutor contaba.

            Llegaron las primeras televisiones al pueblo, las famosas Telefunken en blanco y negro, cuyas imágenes esperábamos aparecer con infinita paciencia y que nos abrían una ventana de posibilidades, país de las maravillas, don Juan Tenorio, los Chipiritiflaúticos… y los rombos que nos indicaban la hora de apagar aquél cacharro.

            Recuerdo el sabor de la gaseosa de limón, de los chicles durísimos con forma de espiral, de quién nos enseñaba a jugar al dominó o intentaba quemar un papel con la lupa, mientras esperábamos el último toque de la misa. El papel de estraza, el paquete del azúcar a granel, la barra grande o la barra pequeña de pan, las deliciosas tortas de uva. El cucurucho de olivas negras recién compradas cuando aparecía el camión del aceitero, el vendedor de naranjas, el afilador con su soniquete particular. Cada mañana el pueblo se despertaba lleno de actividad y sorpresas.

              Recorríamos las choperas, los montes, los riales, los caminos, saltando tapias, era nuestro pequeño gran mundo. Y el cielo cambiante nos contaba, según los ancianos, el devenir de cada día, hoy despejado, mañana tronada, pasado nubes bajas.

              Subir al castillo era la primera prueba de madurez, seguido del Picazo, sin quejarnos por llevar las piernas arañadas por las aliagas, ascendiendo por las cuestas más difíciles, resbalando a la bajada.

            Ir a Llumes caminando por el rial suponía todo un acontecimiento, el río Piedra al lado, las bromas, las risas, bebiendo agua en las acequias, cruzando hasta el Refugio, felices por la aventura.

             Asistir a la matanza del cerdo y simular no estar asustados con sus chillidos, pese a tener un nudo en las entrañas, aprender del proceso, la convivencia, cada paso, como siempre se hacía, con toda la familia echando una mano y también algún vecino bien dispuesto a colaborar en lo que hiciese falta.

             Buscábamos tesoros en la era Garríos, queríamos descubrir cueva secreta, imaginar que cada grieta y cada hueco de la montaña había sido habitado por un duende o peor aún, algún malhechor que tal vez siguiera al acecho. Cuando el sol desaparecía y nos encontrábamos cerca del cementerio, nuestra imaginación bullía dibujando monstruos, entes o mucho peor, sintiendo el abrazo o tirón de pelo de algún ánima perdida.

              Los juguetes eran pocos, un palo por pistola, una muñeca con cara de baturra, una pelota de lana, cualquier objeto merecía nuestra atención y era bien apreciado, la diversión iba de la mano de la imaginación, estaba en nuestra cabeza y en unos pies inquietos.

              Construíamos cabañas de tástanas con largos pasadizos, nos escondíamos en la hierba, nuestra isla resultaba inexpugnable, nuestros sueños inacabables, imaginamos mundos paralelos; un palo largo con cintas de colores era mi caballo, aquella choza un castillo, aquel espantapájaros un maqui que se acercaba y del que había que huir.

            Convivimos con los perros cazadores que levantaban las orejas y miraban a un punto fijo del monte, subían veloces y regresaban con una liebre en la boca; con los gatos que entraban libremente por las gateras de las casas con un ratón en la boca, soltándolo para jugar con él; con los patos dirigiéndose tambaleantes al río; con las gallinas sueltas en las calles que cada cual conocía como propias; con las palomas y sus arrullos; con las mulas tan cercanas y habituales, subidos en sus lomos, la perspectiva se trastocaba y nos hacían sentirnos importantes.

              Pasar la canal sin descalzarse, dar interminables vueltas a la noria, los últimos años de trillar en la era, de ablentar, de ir a catar entre chaparras, por caminos inverosímiles y disfrutar del contacto con la naturaleza, aprendiendo de las abejas, respetándolas y admirándolas a cara descubierta. Cerrar las gallinas en el corral, mientras en casa, la tele encendida se resistía a poner nuestro país de las maravillas.

             La víspera de Todos los Santos trasnochábamos para ir al bar y ver la representación de Don Juan Tenorio, invitación de madurez, un clásico que llenaba el local común de misterio, relatos que no nos atrevíamos a contar y que escuchábamos con mucha atención y cierto tembleque.

            Crecíamos soñando entrar al salón, al baile, jugar a mayores, ver cine sin tener que espiar por las ventanas, quemando etapas con la impaciencia adolescente de pasar a la siguiente cuanto antes, sin pensar que después el tiempo es el que nos atrapa y nos da tirones de orejas.

                 Nuestras primeras peñas de Semana Santa, con música, pósteres, nuestros primeros bailes agarrados, bebiendo de las nuevas experiencias.

             Todo era útil y aprovechable, el río traía sus truchas, madrillas, cangrejos, incluso los topos eran apetecibles en alguna mesa. Se recogían berros para ensalada, aneas y juncos para elaborar sillas, mimbres, trampas para cazar y pescar, cestos, incluso pequeños juguetes. Se devolvían los cascos en las tiendas, el papel se reutilizaba de mil maneras, no era necesario hablar de reciclar, era lo natural, lo que se daba por hecho.

               En el campo abundaban los caracoles, se recogían setas, cardillos silvestres como verdura, tomillo, té de monte, manzanilla, espliego y aliagas para encender las estufas. Las chaparras constituían una buena fuente calorífica en las largas noches de invierno.

               El pueblo y sus alrededores era un campo de juego inmenso para los chavales que siempre tenían hambre de diversión. Se establecían los límites del juego en el escondite o similares: las dos plazas, el chorrillo hasta el cruce, el camino de La Fuente hasta la casa de los madrileños, las replacetas… Subiendo a las eras se encontraban lugares para esbarizarnos, rincones dentro de los cubiertos en donde alojar y alimentar temporalmente a pequeñas crías de gatos, rebuscar y encontrar objetos “valiosos” para utilizar de cacharritos de cocina o para lo que la imaginación sugiriera.

El río ofrecía mil y una posibilidades para meter los pies, bañarse, construir balsas o jugar a pescar. Juncos, aneas, pequeñas ramas, que las manos infantiles moldean para convertir en cañas de pescar, en caballos, recogíamos escalambrujos para hacer bonitos collares y pulseras, incluso las piedras de guijarro frotándolas en el suelo servían para arrancarles estrellas, la cuesta de la Juliana se convertía en un gran tobogán por obra y gracia del hielo en los días más fríos.

Conocíamos las estaciones por las posibilidades de ir al tejar en invierno a coger trozos de hielo y en la primavera regresábamos a pescar renacuajos con los mocos de rana, también era el tiempo de visitar las viñas para cortar las ramas más tiernas, pámpanos y deleitarnos con su sabor ácido; sabíamos qué cerezos maduraban los primeros y dónde se localizaban los melocotones más dulces, cuándo estaban a punto las moreras para subir a los árboles, moverlos y recoger sus frutos o buscar por los riales entre pinchazos las moras más negras, evitando las ortigas; en qué lugar había hormigueros para organizar peleas entre ellos y dónde ranas y culebras.

Al acabar las tormentas los chavales salían a detener el agua construyendo balsas y pisando los charcos. Cuántas risas y gritos se han escuchado en el pozo del Abraham mientras nos hacíamos ahogadillas o comíamos perillas calvas del tio Esteban.

Soñábamos con ser guerreros entre los carrizos de la balsa, fabricando espadas, tirachinas y arcos, para acabar cogiendo avellanas en la fuente de La Mora o higos en los huertos cercanos.             La subida al castillo marcaba un punto de inflexión en nuestra edad, el ascenso al Picazo otro y la bravuconada de acercarse hasta el cementerio al atardecer, la mayor de todas.Y todavía sobraba tiempo para jugar a hacer casitas, a pistoleros, a la comba, a la pelota, a maestras o a la churra.

Con tástanas se construían cabañas, mientras algún bromista enredaba el pelo de sus compañeros con carruchos. En verano el tiempo permitía alargar el día en las calles, jugando al anochecer con el bocadillo en la mano y el deseo de encontrar en la puerta a los amigos esperando.

Aunque los juguetes escasearan nuestra imaginación no tenía límites definidos, no importaba el día, no importaban las horas, no importaba el frío y tampoco el calor que hiciera, la infancia en el pueblo era el juego más inmenso que conocimos y disfrutamos.

 Guarda algún recuerdo de tu pasado, de lo contrario … ¿cómo comprobarás que no fue un sueño?